Manejo agronómico del cultivo de fresa

Dominar el manejo agronómico del cultivo de fresa implica integrar fisiología, suelo y clima en un sistema finamente regulado, donde la relación entre densidad de plantación, arquitectura de la canopia y dinámica de radiación fotosintéticamente activa define el potencial productivo, la elección de material vegetal —ya sea Fragaria × ananassa de día corto, neutro o remontante— condiciona la estrategia de fertirrigación, el uso de mulch plástico y el calendario de poda de estolones, modulando la partición de fotoasimilados entre raíz, corona y fruto.
Esta complejidad se amplifica cuando se incorporan decisiones sobre manejo integrado de plagas y enfermedades de cuello y raíz, donde la microbiota rizosférica y el equilibrio entre humedad y oxígeno en el bulbo húmedo determinan la incidencia de Phytophthora y Colletotrichum, de ahí que la calibración de láminas de riego, la conductividad eléctrica de la solución nutritiva y el monitoreo nutrimental mediante análisis de savia y tejido foliar sean herramientas críticas para sostener altos rendimientos sin comprometer firmeza, contenido de sólidos solubles y vida postcosecha.
Material vegetal y establecimiento del cultivo
La elección del material vegetal de fresa en México se ha convertido en un punto de inflexión entre sistemas de producción de alta rentabilidad y esquemas vulnerables a enfermedades, fluctuaciones de mercado y estrés climático. El incremento de superficies bajo agricultura protegida, la presión de patógenos del suelo y la demanda de fruta de alta calidad sensorial obligan a replantear criterios clásicos de selección varietal centrados solo en rendimiento, integrando ahora parámetros de adaptación agroclimática, eficiencia en el uso de insumos y estabilidad productiva a lo largo de la campaña.
Criterios avanzados para la elección de la variedad
El primer filtro sigue siendo la adaptación fotoperiódica y térmica. En las principales zonas freseras de México, como Zamora–Jacona (Michoacán), Valle de San Quintín (Baja California) y Los Reyes (Michoacán), predominan variedades de día corto y día neutro, pero su desempeño cambia de forma marcada con pequeñas variaciones de temperatura media y radiación. Variedades de día corto como ‘Camarosa’ o ‘Camino Real’ expresan su máximo potencial con temperaturas nocturnas entre 8-12 °C y días frescos, mientras que materiales de día neutro como ‘Albion’, ‘San Andreas’ o ‘Monterey’ mantienen floración más constante con amplitudes térmicas mayores y son más versátiles para ciclos largos o contraestación.
La elección varietal se entrelaza con el mercado objetivo. Para exportación fresca hacia Estados Unidos y Canadá, se priorizan frutos de firmeza elevada, piel resistente y vida de anaquel superior a 10 días en cadena de frío, incluso sacrificando algo de °Brix, mientras que para mercado nacional y agroindustria se valoran más el contenido de sólidos solubles, el perfil aromático y la coloración interna homogénea. Esta diferenciación ha impulsado la adopción de variedades como ‘Fronteras’, desarrollada para condiciones mexicanas, que combina rendimiento alto con buena firmeza y color atractivo para exportación, frente a materiales tradicionales que, aunque productivos, muestran mayor susceptibilidad a daños mecánicos y pudriciones postcosecha.
Un tercer eje, cada vez más determinante, es la resistencia o tolerancia a enfermedades clave. La presencia crónica de Phytophthora cactorum, Verticillium dahliae, Colletotrichum acutatum y complejos de Fusarium spp. en suelos con historia fresera obliga a considerar variedades con tolerancia parcial, que permitan reducir la dependencia de fumigantes y fungicidas. Aunque ninguna variedad comercial es completamente resistente, materiales como ‘San Andreas’ y ‘Monterey’ muestran menor incidencia de antracnosis y pudrición de corona en comparación con genotipos antiguos, lo que se traduce en menor mortalidad de plantas y estabilidad de producción en ciclos largos.
La compatibilidad con el sistema de producción cierra el círculo de selección. En hidroponía en sustrato, se prefieren variedades con arquitectura compacta, pedúnculos firmes y raíces vigorosas que aprovechen mejor volúmenes de sustrato reducidos, mientras que en suelo a campo abierto se valoran plantas con mayor vigor vegetativo y capacidad de exploración radicular, tolerantes a variaciones de humedad y salinidad. El tipo de fruta también condiciona la elección: frutos cónicos alargados, bien calibrados y con pedúnculo definido facilitan la cosecha manual intensiva en sistemas de alta densidad.
Origen del material vegetal y calidad sanitaria
Una vez definida la variedad, el siguiente factor crítico es el origen del material vegetal. En México predomina el uso de planta fresca y planta frigo importada de viveros certificados de Estados Unidos y, en menor medida, de España, además de una creciente oferta de viveros nacionales bajo malla sombra en altitudes mayores a 1,800 msnm. La certificación sanitaria, el nivel de libre de virus y la trazabilidad del lote determinan la base fitosanitaria del ciclo productivo, ya que patógenos sistémicos como virus y fitoplasmas se diseminan con rapidez en plantaciones de alta densidad.
La planta frigo, sometida a vernalización controlada y almacenada a -1 a -2 °C, permite una programación más precisa de la fecha de plantación y de la curva de producción, ya que la planta entra al campo con una carga de yemas florales diferenciadas. Sin embargo, su manejo exige una rehidratación meticulosa y un trasplante rápido para evitar desecación y pérdidas de viabilidad. La planta fresca, producida en viveros de altura, ofrece mejor establecimiento inicial y menor estrés post-trasplante, aunque la floración puede ser menos sincronizada y más dependiente de las condiciones locales de fotoperiodo y temperatura.
La calidad morfológica del material vegetal es un predictor directo del rendimiento potencial. Se recomiendan coronas con diámetro mínimo de 8-10 mm para variedades de día neutro y 10-12 mm para día corto, un sistema radicular abundante, sin necrosis ni deformaciones, y ausencia de síntomas de pudrición de corona, lesiones necróticas o deformaciones foliares. Lotes con variabilidad alta en tamaño de corona generan plantaciones desuniformes, con picos de cosecha dispersos y mayor complejidad en la gestión de mano de obra y aplicaciones fitosanitarias.
Diseño del establecimiento y preparación del terreno
El establecimiento eficiente del cultivo inicia mucho antes de la llegada de las plantas, con una preparación del suelo orientada a optimizar la aireación, el drenaje y la sanidad. En suelos con textura media a franca, se buscan densidades aparentes entre 1.2-1.4 g/cm³, con contenido de materia orgánica superior a 2 % y pH entre 5.5-6.5, condiciones que favorecen el desarrollo radicular y la disponibilidad de nutrientes clave como N, P, K, Ca y Mg. En suelos con historial de fresa, la rotación con gramíneas y crucíferas, combinada con biosolarización o fumigación específica, reduce la presión de patógenos del suelo y nematodos, mejorando la longevidad del cultivo.
El diseño de camellones responde tanto a la fisiología de la planta como a la logística de riego y cosecha. Camellones de 25-35 cm de altura y 60-80 cm de base, cubiertos con acolchado plástico negro o bicolor (negro/plata), permiten un buen drenaje, reducen el contacto directo del fruto con el suelo y limitan la emergencia de malezas. La incorporación de cinta de riego por goteo a 5-10 cm de profundidad, con emisores de 20-30 cm de separación y caudales de 1.0-1.6 L/h, posibilita un manejo de riego y fertirrigación de alta precisión, indispensable para sostener rendimientos por encima de 40-50 t/ha en sistemas intensivos.
La densidad de plantación se ajusta según variedad, vigor y sistema de producción. En campo abierto, son frecuentes marcos de 25-30 cm entre plantas y 25-35 cm entre hileras dobles sobre el camellón, alcanzando densidades de 45,000-65,000 plantas/ha, mientras que en agricultura protegida y sustrato la densidad puede superar 80,000 plantas/ha, siempre que se mantenga una adecuada ventilación y manejo de humedad relativa. Densidades excesivas incrementan la incidencia de Botrytis cinerea, oídio y ácaros, además de dificultar la ventilación del follaje, por lo que el diseño debe equilibrar rendimiento por planta y rendimiento por superficie.
Proceso de plantación y cuidados iniciales
El momento de plantación se sincroniza con la ventana climática óptima de cada región. En Michoacán y Estado de México, la plantación con planta frigo suele realizarse entre agosto y septiembre, aprovechando temperaturas moderadas que facilitan el enraizamiento y permiten iniciar cosechas a finales de otoño, mientras que en Baja California, con inviernos más benignos, las fechas pueden extenderse ligeramente. La plantación demasiado temprana expone a las plantas a estrés térmico y fotoinhibición, mientras que la tardía reduce la acumulación de horas de frío y puede limitar la inducción floral en variedades de día corto.
El trasplante debe cuidar la posición exacta de la corona, que debe quedar al ras del acolchado, con las raíces extendidas y en contacto pleno con el suelo húmedo, sin dobleces ni bolsas de aire. Enterrar la corona favorece la pudrición por Phytophthora y Colletotrichum, mientras que dejarla demasiado expuesta incrementa el estrés hídrico y térmico. La plantación manual, aunque más costosa, permite un control más fino de la profundidad y el acomodo radicular, reduciendo fallas de establecimiento en comparación con sistemas mecánicos mal calibrados.
Los primeros 10-15 días tras la plantación son críticos para el establecimiento del sistema radicular. Se recomienda mantener una lámina de riego ligera pero frecuente, con humedad de campo constante en el bulbo radicular, evitando encharcamientos que favorezcan patógenos. La fertirrigación inicial, con soluciones de baja conductividad eléctrica (0.8-1.2 dS/m) y énfasis en fósforo y calcio disponibles, estimula la emisión de raíces nuevas y el engrosamiento de la corona, sentando las bases para una alta capacidad de emisión de inflorescencias.
En muchos sistemas intensivos se recurre a la eliminación de las primeras flores durante las 2-3 semanas posteriores al trasplante, sobre todo en planta frigo de alto calibre, con el objetivo de redirigir fotoasimilados hacia el desarrollo vegetativo y radicular. Esta práctica retrasa ligeramente el inicio de cosecha, pero suele traducirse en frutos de mayor calibre y una curva de producción más estable, con picos menos abruptos y mejor aprovechamiento de la mano de obra en cosecha.
El control fitosanitario temprano se orienta a prevenir la instalación de patógenos oportunistas en heridas de trasplante y tejidos jóvenes. Aplicaciones dirigidas de fungicidas específicos, biocontroladores basados en Trichoderma spp. o bacterias benéficas, y la inoculación de micorrizas arbusculares en el momento de plantación han mostrado efectos positivos en la reducción de pérdidas por pudriciones de raíz y corona, además de mejorar la eficiencia en la absorción de fósforo y micronutrientes. Integrar estas herramientas biológicas desde el establecimiento fortalece la resiliencia del cultivo frente a episodios de estrés hídrico o térmico a lo largo del ciclo.
Claves del desarrollo vegetativo
El desarrollo vegetativo de la fresa define la arquitectura productiva de la planta y condiciona el potencial de rendimiento y calidad de fruta, por ello, el manejo del riego, la nutrición mineral y las labores culturales en esta etapa debe orientarse a construir un sistema radicular profundo y activo, un balance adecuado entre hojas jóvenes y maduras, y una corona robusta con reservas suficientes para sostener la floración y el llenado de fruto. La meta no es acelerar el crecimiento de forma indiscriminada, sino modularlo para que la planta exprese su máximo potencial genético bajo las condiciones específicas de cada región productora de México.
Riego y dinámica hídrica durante el crecimiento vegetativo
En sistemas de cama elevada con acolchado plástico y riego por goteo, predominantes en Baja California, Michoacán y Guanajuato, el manejo del agua debe responder a la dinámica de expansión radicular y al patrón de transpiración, no solo a la evaporación superficial. Durante las primeras 2–3 semanas tras el trasplante, las raíces exploran un volumen reducido, por lo que la frecuencia de riego debe ser alta, con láminas pequeñas, manteniendo la humedad en el rango de 70–80 % de la capacidad de campo en el bulbo húmedo, evitando saturación que favorece Phytophthora y Pythium. A medida que la raíz profundiza y se expande lateralmente, el volumen de agua por evento puede incrementarse, reduciendo la frecuencia, pero sin permitir que el potencial hídrico del suelo descienda por debajo de -20 a -25 kPa en suelos francos, medido con tensiómetros o sensores de matriz granular.
La fresa presenta una elevada sensibilidad al estrés hídrico incluso en etapas vegetativas, con reducciones de fotosíntesis y área foliar cuando el potencial hídrico foliar cae por debajo de -1,2 MPa, por lo que los riegos deben anticiparse al estrés, no corregirlo una vez instalado. En climas cálidos y secos, como el valle de Zamora, el uso de sensores de humedad integrados a sistemas de riego automatizado permite mantener una banda de humedad estable, reduciendo variaciones diarias que se traducen en oscilaciones en la absorción de nutrientes y en la relación fuente–demanda de carbohidratos. Esta estabilidad hídrica es clave para que la planta destine fotoasimilados a la formación de corona y raíces, en lugar de invertirlos en mecanismos de ajuste osmótico y reparación de tejidos.
El manejo de la calidad del agua se vuelve crítico cuando la conductividad eléctrica (CE) del agua de riego supera 1,0–1,2 dS/m, situación frecuente en pozos profundos del Bajío, ya que la combinación de sales y fertilizantes puede elevar fácilmente la CE de la solución del bulbo a 2,0–2,5 dS/m, umbral a partir del cual se observa reducción en crecimiento vegetativo y mayor susceptibilidad a quemaduras de borde foliar. Ajustar la concentración de fertilizantes para mantener la CE de la solución nutritiva entre 1,4 y 1,8 dS/m durante el crecimiento vegetativo permite sostener una absorción adecuada sin someter a la planta a estrés salino crónico. En suelos con tendencia a salinización, es recomendable programar riegos de lavado con baja concentración de fertilizantes, aprovechando momentos de menor demanda evaporativa.
Nutrición y fertilización: construir la planta sin forzarla
El diseño del programa de fertirrigación en la etapa vegetativa debe partir del análisis de suelo y agua, complementado con análisis foliares periódicos, de modo que las dosis respondan a la oferta real del sistema y no a recetas generales. La fresa requiere, en términos relativos, una alta provisión de nitrógeno (N) y potasio (K), pero el equilibrio con calcio (Ca), magnesio (Mg) y micronutrientes es lo que determina la calidad de los tejidos y la resistencia a estrés biótico y abiótico. En la fase de expansión foliar y engrosamiento de corona, es estratégico mantener una relación N:K en la solución nutritiva cercana a 1:1 o 1:1,2, evitando excesos de N amoniacal que promueven tejidos suculentos, más susceptibles a Botrytis y a daño por ácaros.
En sistemas intensivos de alto rendimiento, los aportes diarios durante el pico vegetativo suelen oscilar alrededor de 0,8–1,2 kg N/ha/día y 0,8–1,5 kg K2O/ha/día, ajustando en función de la radiación incidente y la temperatura. En días nublados y frescos, la reducción de la tasa de crecimiento demanda una disminución proporcional en la fertirrigación, no solo en el riego, para evitar acumulación de sales en el bulbo. El fósforo (P) debe garantizarse sobre todo en la fase temprana de enraizamiento, con concentraciones moderadas en solución (10–20 mg/L), ya que la saturación fosfórica no incrementa la absorción pero sí induce antagonismos con Zn y Fe, generando clorosis interveinal en hojas jóvenes que se confunde con deficiencias primarias.
El papel del calcio en el desarrollo vegetativo suele subestimarse, aunque es determinante para la integridad de membranas y la resistencia de tejidos a patógenos. Mantener una concentración de Ca en solución de 80–120 mg/L, con una relación Ca:Mg entre 2:1 y 3:1, favorece hojas más firmes y pecíolos con mejor capacidad de conducción, además de reducir el colapso de tejidos en corona bajo condiciones de alta humedad. La aplicación de Ca exclusivamente por vía foliar no sustituye la provisión radicular, ya que el transporte de Ca es predominantemente xilemático, dependiente del flujo transpiratorio, por lo que la estrategia debe integrar ambas vías.
Los micronutrientes requieren un manejo preventivo, particularmente hierro (Fe), manganeso (Mn), zinc (Zn) y boro (B). En suelos calcáreos, el uso de quelatos de Fe (EDDHA) en la solución de riego, junto con aplicaciones foliares de Zn y Mn en dosis bajas pero frecuentes, mantiene una actividad fotosintética estable, evitando la reducción de clorofila que limita la acumulación de reservas en corona. El B, en rangos de 0,3–0,5 mg/L en fertirriego, contribuye al desarrollo de meristemos y a la integridad de paredes celulares, lo que repercute en coronas más compactas y menos propensas a daños mecánicos durante labores culturales.
La sincronización entre oferta nutricional y demanda fisiológica se afina mediante análisis foliares cada 20–30 días, comparando los valores con rangos de suficiencia específicos para la variedad y el sistema de producción. Cuando el análisis se interpreta en conjunto con datos de CE y pH de drenaje, es posible corregir tendencias de acumulación o lixiviación de nutrientes antes de que se manifiesten síntomas visibles, manteniendo un crecimiento vegetativo continuo pero controlado.
Labores culturales y arquitectura de la planta
El potencial que se construye con un manejo preciso de agua y nutrientes puede diluirse si la estructura de la planta no se orienta hacia un equilibrio entre área foliar, número de coronas y potencial floral. Las labores culturales durante el desarrollo vegetativo tienen como objetivo dirigir el flujo de energía y recursos hacia órganos productivos, reducir competencia interna y mejorar el microclima en el dosel. La eliminación de estolones es una práctica central, ya que el estolonamiento compite directamente con la formación de corona y con el desarrollo radicular; en sistemas de producción de fruta, los estolones deben retirarse de forma temprana y continua, evitando que enraícen y generen plantas hijas que consumen recursos sin aportar rendimiento en la misma temporada.
El manejo de hojas viejas y dañadas contribuye a reducir inóculo de patógenos foliares y a mejorar la penetración de luz en el estrato inferior, pero requiere criterio, ya que la eliminación excesiva de hojas funcionales disminuye la capacidad fotosintética y obliga a la planta a destinar recursos a regenerar follaje, en lugar de acumular reservas en corona. La estrategia más eficiente consiste en retirar hojas senescentes, con necrosis avanzadas o severamente afectadas por plagas o enfermedades, manteniendo una proporción adecuada de hojas maduras activas, que son las que sostienen la mayor parte de la fotosíntesis neta.
El control de malezas en la etapa vegetativa tiene implicaciones más allá de la competencia directa por agua y nutrientes, ya que las malezas modifican el microclima al interior del cultivo, incrementan la humedad relativa cerca del suelo y facilitan la dispersión de plagas como trips y áfidos, que actúan como vectores de virosis. En sistemas con acolchado plástico, la atención se centra en las malezas que emergen en los orificios de plantación y en las calles, donde un manejo integrado que combine herbicidas selectivos, coberturas vivas en pasillos y deshierbes mecánicos o manuales, reduce la presión de malezas sin alterar la estructura del suelo en la zona radicular.
La sanidad del follaje durante el crecimiento vegetativo influye de manera directa en la eficiencia de uso de la radiación y en la capacidad de la planta para sostener una floración escalonada. Programas preventivos contra oídio, manchas foliares y Botrytis deben diseñarse considerando la densidad de follaje, la ventilación entre plantas y la humedad relativa en el dosel, no solo la presencia de inóculo. Un follaje excesivamente denso, resultado de altos niveles de N y riegos frecuentes, crea un microambiente favorable a estas enfermedades, por lo que las decisiones de fertilización y riego son, en la práctica, decisiones de manejo fitosanitario.
Finalmente, el ajuste de la densidad de plantación y la uniformidad del stand condicionan la respuesta de todas las prácticas anteriores. En densidades altas, el margen de error en riego y nutrición se reduce, ya que cualquier exceso se traduce en microclimas más húmedos y en competencia lumínica, mientras que cualquier déficit amplifica el estrés por competencia entre plantas. Mantener una población homogénea, con plantas bien establecidas desde las primeras semanas, permite que el manejo del agua, los nutrientes y las labores culturales converjan en un objetivo común: un desarrollo vegetativo robusto, equilibrado y fisiológicamente preparado para sostener cosechas prolongadas con alta calidad de fruta.
Claves del desarrollo reproductivo
El desarrollo reproductivo de la fresa concentra la mayor parte del riesgo agronómico y económico del cultivo, porque en pocas semanas se define el número de flores viables, la tasa de cuajado y la calidad final del fruto. En México, con sistemas intensivos en macrotúnel e invernadero, la capacidad para modular el balance hídrico, la nutrición mineral y las labores culturales durante esta fase determina si el potencial genético se expresa o se diluye en frutos deformes, calibres pequeños y alta incidencia de pudriciones. La fisiología reproductiva de Fragaria × ananassa responde con gran sensibilidad a pequeños desajustes, por eso el manejo debe ser preventivo y no correctivo.
Riego y estado hídrico en floración y llenado de fruto
Durante la inducción floral y la emisión de inflorescencias, el sistema radical de la fresa es superficial y de baja densidad, concentrado en los primeros 20-25 cm, lo que vuelve crítico el manejo del riego por goteo. El objetivo es mantener la humedad del sustrato o del suelo en un rango cercano a la capacidad de campo, con oscilaciones diarias acotadas, evitando tanto la desecación rápida como la saturación, que limita el oxígeno y favorece Phytophthora y Pythium. En suelos francos, tensiones entre -10 y -20 kPa medidas con tensiómetros suelen asociarse con un equilibrio adecuado entre disponibilidad de agua y aireación en esta etapa.
A medida que avanza el cuajado y el llenado de fruto, la demanda hídrica se incrementa de forma casi lineal con el área foliar y la carga de frutos, por lo que el patrón de riego debe pasar de aplicaciones más espaciadas a pulsos frecuentes y de bajo volumen, ajustados a la evaporación diaria. En sistemas tecnificados, el uso de sensores capacitivos o FDR permite mantener la humedad volumétrica del sustrato entre 60-75 % de la capacidad de agua disponible, evitando descensos bruscos que provocan aborto de flores, fisuras en frutos y disminución de °Brix. Un déficit hídrico moderado, incluso corto, durante el llenado reduce el calibre sin posibilidad de recuperación posterior.
El exceso de agua durante la fase reproductiva genera un problema menos visible pero igual de grave, al inducir raíces superficiales poco funcionales y un desequilibrio hormonal que favorece tejido vegetativo en detrimento de estructuras reproductivas. Además, la saturación periódica incrementa la incidencia de Botrytis cinerea y Colletotrichum spp., ya que prolonga el tiempo de humectación en el dosel y en la zona de la corona. Por ello, la integración de datos climáticos, monitoreo de humedad y medición de drenaje es esencial, buscando tasas de drenaje de 15-25 % en sustratos inertes y menores al 10 % en suelos bien estructurados, siempre con verificación de conductividad eléctrica (CE) en solución del bulbo.
Nutrición y fertilización durante el desarrollo reproductivo
El tránsito de la fase vegetativa a la reproductiva exige un cambio deliberado en la estrategia de fertirrigación, pasando de un enfoque de construcción de biomasa a uno de soporte de floración, cuajado y calidad de fruto. En este punto, el nitrógeno debe mantenerse en un rango que sostenga la actividad fotosintética sin estimular un exceso de hojas nuevas que sombreen las inflorescencias y favorezcan microclimas húmedos. Dosis diarias entre 0.8-1.2 kg N/ha en fertirriego, con una relación NO3⁻:NH4⁺ cercana a 9:1, suelen ser adecuadas en sistemas de alta densidad, ajustando según análisis de savia y tejido foliar.
El fósforo adquiere relevancia por su papel en la diferenciación floral y en la energía necesaria para el transporte de fotoasimilados hacia los frutos, aunque su movilidad en el suelo es baja y debe asegurarse antes del pico de floración. En suelos mexicanos con niveles medios o altos de P disponible, el énfasis no está en aumentar la dosis total, sino en garantizar su presencia en la solución del suelo a concentraciones estables, evitando antagonismos con calcio y zinc. La fertilización fosfatada en esta fase se orienta a mantener una CE equilibrada y una relación N:P:K en solución que sostenga el desarrollo reproductivo sin inducir desbalances.
El potasio se vuelve el nutriente estructurante de la etapa, porque regula la apertura estomática, el transporte de azúcares y la firmeza de los tejidos. En sistemas intensivos de fresa para mercado fresco, la relación N:K en fertirriego suele desplazarse hacia 1:1.2 o 1:1.5 durante el llenado de fruto, con aportes diarios que pueden alcanzar 1.5-2.0 kg K/ha según carga y condiciones climáticas. Un suministro insuficiente de K se traduce en frutos blandos, menos coloreados y con menor vida de anaquel, mientras que el exceso, sobre todo en presencia de altos niveles de sodio, reduce la absorción de calcio y magnesio, generando problemas de textura y mayor susceptibilidad a pudriciones.
El calcio se sitúa en el centro de la discusión sobre calidad de fruto, no solo por su papel estructural en las paredes celulares, sino por su baja movilidad en el floema, lo que obliga a garantizar un flujo transpiratorio continuo hacia los frutos en crecimiento. Sin una adecuada disponibilidad de Ca en la solución del suelo y un manejo de riego que evite estrés hídrico, la fruta presenta mayor incidencia de pudriciones blandas y pérdida acelerada de firmeza. Aunque las aplicaciones foliares de Ca pueden complementar, el aporte principal debe provenir de la solución radicular, con concentraciones que no aumenten excesivamente la CE ni compitan con la absorción de potasio.
Los micronutrientes cierran el círculo de la nutrición reproductiva, en particular el boro y el zinc, esenciales para la viabilidad del polen, la elongación del tubo polínico y la síntesis de auxinas en los tejidos jóvenes. Deficiencias leves de B, frecuentes en suelos con pH alto o en sistemas con agua de riego muy limpia, se manifiestan como frutos deformes por fecundación incompleta de los aquenios, aun cuando el número de flores sea adecuado. La corrección debe ser preventiva, con niveles de B en solución cuidadosa y consistentemente manejados, ya que el margen entre deficiencia y toxicidad es estrecho. El hierro, el manganeso y el zinc, por su parte, aseguran una fotosíntesis eficiente, condición básica para sostener la elevada demanda de carbohidratos del tejido reproductivo.
Labores culturales y regulación de la carga de fruto
El manejo del dosel y de la arquitectura de la planta durante el desarrollo reproductivo tiene un impacto directo en el microclima alrededor de las flores y frutos, así como en la eficiencia de uso de la radiación. La eliminación selectiva de hojas viejas, sombreadoras o enfermas mejora la ventilación, reduce el tiempo de humectación foliar y facilita la penetración de luz hacia las inflorescencias, lo que incrementa la temperatura de las flores en días fríos y favorece la actividad de polinizadores. Esta labor, sin embargo, debe ejecutarse con criterio, evitando podas excesivas que disminuyan el área fotosintética activa en momentos de alta demanda de asimilados.
La regulación de la carga de fruto se ha vuelto una práctica más considerada en sistemas de alta densidad, especialmente en variedades de día neutro donde la floración es casi continua. En condiciones de radiación limitada o temperaturas subóptimas, el mantenimiento de un número excesivo de frutos en desarrollo conduce a calibres pequeños y baja concentración de azúcares, por lo que el aclareo selectivo de flores tardías o de frutos mal conformados permite redirigir recursos hacia estructuras con mejor potencial comercial. Esta decisión se basa en la observación del balance entre vigor vegetativo, índice de área foliar y carga reproductiva, más que en un número fijo de frutos por planta.
El manejo de estolones durante la fase reproductiva también requiere atención, ya que la emisión de estolones compite directamente por carbohidratos y nutrientes con flores y frutos. La eliminación temprana de estolones, antes de que desarrollen hojas funcionales, reduce esta competencia y simplifica la estructura de la planta, disminuyendo además la incidencia de plagas que usan estos órganos como refugio. En plantaciones destinadas exclusivamente a producción de fruta, la tolerancia a estolones debe ser mínima durante el pico reproductivo, ajustando la frecuencia de desestolonado a la dinámica de la variedad y a las condiciones ambientales.
En paralelo, el control del microclima mediante ventilación, manejo de cubiertas plásticas y, cuando es posible, uso de mallas sombra, modula la temperatura y la humedad relativa alrededor de las flores. Temperaturas entre 18-24 °C y humedades relativas moderadas favorecen la viabilidad del polen y reducen el desarrollo de patógenos como Botrytis, por lo que la gestión de aperturas en macrotúneles y la altura de las cubiertas se integra como una labor cultural más, tan determinante como una fertilización bien calculada. La coordinación entre riego, ventilación y densidad foliar define la línea entre un ambiente productivo y uno predispuesto a fallas de cuajado y enfermedades.
Finalmente, la sanidad del cultivo durante el desarrollo reproductivo no se limita a la aplicación de fungicidas o insecticidas, sino que se apoya en la suma de decisiones agronómicas que reducen el inóculo y la susceptibilidad de los tejidos. La eliminación oportuna de frutos dañados o sobremaduros, la higiene en pasillos y la gestión de la humedad en la zona de la corona disminuyen la presión de enfermedades, mientras que una nutrición balanceada fortalece las barreras físicas y bioquímicas de la planta. De esta forma, el manejo integrado de riego, fertilización y labores culturales se convierte en una herramienta de regulación fisiológica que orienta la energía del cultivo hacia la producción de frutos de alta calidad, en lugar de destinarla a corregir desequilibrios generados por decisiones tardías.
Indicadores y actividades para la cosecha
La decisión del momento de corte en fresa define el techo productivo y la vida de anaquel con más fuerza que muchas prácticas previas del ciclo, por eso los indicadores de cosecha deben entenderse como un sistema integrado y no como señales aisladas. En México, donde predominan cultivares de día corto y neutro como San Andreas, Albion y Monterey, el equilibrio entre madurez fisiológica, firmeza y coloración externa se convierte en el eje de la estrategia de cosecha, ajustado siempre al destino del fruto y a la logística postcosecha disponible.
Indicadores fisiológicos y morfológicos de cosecha
El primer indicador relevante es el estado de madurez comercial, definido por la proporción de superficie roja en el fruto. Para mercado local de alta rotación, el punto óptimo se sitúa en 90–100 % de color rojo uniforme, mientras que para exportación o traslados superiores a 24–36 horas se prioriza un 70–80 % de coloración, con base roja bien desarrollada y hombros apenas rosados, lo que permite que la maduración avance durante el transporte sin comprometer firmeza ni resistencia a daños mecánicos.
Este criterio visual se refuerza con la firmeza de pulpa, parámetro crítico en sistemas de empaque en seco y largas cadenas de frío. Valores de 0.8–1.2 kgf medidos con penetrómetro (punta de 3 mm) se asocian con menor colapso de tejidos y menor incidencia de pudriciones en frío, siempre que la epidermis conserve su brillo ceroso característico. Fresas con firmeza menor a 0.7 kgf, aun con color atractivo, muestran tasas aceleradas de respiración y pérdida de agua, lo que reduce la vida de anaquel por debajo de 3–4 días, especialmente en ambientes con humedad relativa menor a 85 %.
El tercer indicador clave es el contenido de sólidos solubles (°Brix), que integra el efecto de radiación, nutrición potásica y balance hídrico. En sistemas tecnificados de México, valores de 8.5–10.5 °Brix representan un umbral aceptable para mercados exigentes, aunque cultivares como Albion pueden superar 11 °Brix bajo riegos moderadamente deficitarios controlados. Sin embargo, la decisión de corte no debe basarse solo en el dulzor, ya que frutos con °Brix altos pero firmeza baja o epidermis opaca presentan peor comportamiento postcosecha, por lo que el indicador adquiere sentido solo cuando se interpreta junto con color y textura.
La relación entre color externo y madurez interna es otro punto decisivo. En ambientes cálidos, la pigmentación superficial puede adelantarse respecto a la madurez de los tejidos centrales, generando frutos de color rojo intenso pero con textura harinosa y aroma poco desarrollado. Por ello, en zonas productoras como Zamora o Ciudad Guzmán se valora la uniformidad de color en sección transversal, buscando ausencia de zonas blanquecinas cerca del receptáculo y una distribución homogénea de antocianinas, lo que se asocia con mayor estabilidad de color en refrigeración y menor pardeamiento.
A estos indicadores visibles se suma la incidencia de daños y enfermedades en campo. La presencia de lesiones por trips, ácaros o quemaduras por sol reduce la prioridad de corte de esos frutos, incluso si cumplen con color y firmeza, ya que se convierten en focos de etileno y etileno-símiles que aceleran la senescencia del resto del lote. En ciclos de alta presión de Botrytis cinerea, se recomienda ajustar el umbral de cosecha hacia frutos ligeramente menos maduros, con el fin de disminuir la ventana de susceptibilidad en postcosecha y reducir la carga inicial de inóculo en los empaques.
Factores ambientales y operativos que modulan el momento de corte
Los indicadores fisiológicos solo tienen sentido cuando se leen a la luz de las condiciones ambientales del día de cosecha. La temperatura del aire y del fruto al momento del corte es determinante, ya que frutos cosechados por arriba de 25 °C presentan tasas respiratorias significativamente más altas y mayor condensación al entrar a cuartos fríos, lo que favorece el desarrollo de hongos. Por ello, en regiones templadas de altitud intermedia se privilegia la cosecha en primeras horas de la mañana, cuando la temperatura del fruto se mantiene entre 12 y 18 °C, evitando tanto el rocío excesivo como el estrés térmico.
La radiación incidente también condiciona la selección de frutos, porque en días de alta insolación los frutos expuestos en la parte superior del dosel pueden alcanzar temperaturas de superficie 8–10 °C por encima del aire, generando tejidos más blandos y con cutícula microfisurada. En estos casos, se recomienda priorizar el corte de frutos sombreados de la cara interna del surco para exportación, dejando los más expuestos al sol para mercado local o industria, siempre que mantengan parámetros mínimos de calidad.
En paralelo, el estado hídrico del cultivo previo a la cosecha influye en la susceptibilidad a daños mecánicos. Riegos abundantes en las 12–24 horas previas incrementan el contenido de agua celular y reducen la firmeza efectiva, lo que se traduce en mayor porcentaje de frutos magullados durante la manipulación. Ajustar la lámina de riego para evitar saturaciones cercanas a la cosecha, sin inducir estrés hídrico severo, permite mejorar la textura y reducir pérdidas postcosecha, especialmente en suelos pesados o en sustratos con baja aireación.
La planificación logística cierra el círculo de decisión. Cuando la capacidad de enfriamiento rápido (preenfriado) es limitada, el indicador de color debe moverse hacia estados menos avanzados de madurez, con el objetivo de compensar el retraso en la extracción de calor de campo. Por el contrario, unidades con preenfriado forzado capaces de llevar el fruto a 2–4 °C en menos de 2 horas pueden permitirse cosechar frutos con mayor porcentaje de color rojo, maximizando el sabor sin comprometer la vida útil.
Actividades clave durante la cosecha
Una vez definidos los indicadores, la cosecha se convierte en una secuencia de actividades donde cada detalle incide en la calidad final. El primer eslabón es la capacitación de cortadores, quienes deben reconocer con precisión los estados de madurez definidos por el responsable técnico, utilizando ejemplos físicos y calibraciones periódicas. La estandarización visual se refuerza con tarjetas de color y con revisiones diarias de las primeras charolas cortadas, ajustando criterios cuando cambian las condiciones climáticas o el lote de producción.
El método de corte es determinante para la integridad del fruto. Se recomienda sujetar la fresa por el cáliz, sin presionar la superficie roja, y cortar el pedúnculo con un movimiento firme a 0.5–1.0 cm por encima del cáliz, evitando desgarres que generen heridas abiertas. El pedúnculo residual actúa como barrera parcial frente a la deshidratación y reduce la incidencia de pudriciones en la zona del receptáculo, por lo que su eliminación debe reservarse para procesos industriales posteriores, nunca en campo.
La selección y clasificación primaria se realiza idealmente al momento del corte, separando frutos por categoría de tamaño y destino comercial directamente en los envases de recolección. Esto disminuye la manipulación posterior y reduce el porcentaje de descartes en la línea de empaque. Frutos deformes, con daño visible o con síntomas iniciales de enfermedad se colocan en recipientes separados para industria o descarte, evitando que entren en contacto con frutos sanos que irán a mercado fresco.
El tipo de envase de campo influye en la tasa de daño mecánico. Envases rígidos de baja altura, con capacidad limitada (por ejemplo, 2–3 kg), reducen la presión ejercida sobre los frutos de la base, mientras que contenedores profundos favorecen el aplastamiento y las magulladuras internas. El llenado debe hacerse en capas delgadas, sin compactar, manteniendo los envases a la sombra y protegidos del viento para minimizar la deshidratación superficial, que se manifiesta como arrugamiento del receptáculo y pérdida de brillo.
La frecuencia de recolección ajusta la expresión de los indicadores de madurez. En ciclos de alta temperatura, intervalos de 24 horas entre cortes son necesarios para evitar la sobre-maduración y el ablandamiento de frutos, mientras que en épocas frescas puede ampliarse a 48 horas sin comprometer calidad. Sin embargo, retrasar la cosecha incrementa el peso promedio del fruto a costa de firmeza y resistencia a enfermedades, por lo que la decisión debe basarse en el destino del producto y en la capacidad de procesar el volumen cosechado en el mismo día.
Un componente frecuentemente subestimado es la higiene durante la cosecha. El uso de guantes limpios, el lavado regular de manos y la desinfección periódica de tijeras o herramientas de corte reducen la transferencia de patógenos entre plantas y frutos. En lotes con antecedentes de Botrytis o Rhizopus, esta práctica se vuelve esencial, ya que las esporas se diseminan fácilmente por contacto, encontrando en las heridas de corte y en la superficie húmeda del fruto un ambiente ideal para su desarrollo durante el almacenamiento.
Finalmente, la coordinación con el sistema de enfriamiento y empaque determina el margen de tiempo admisible entre corte y preenfriado. Idealmente, el fruto no debe permanecer más de 1–2 horas en campo o en áreas sin refrigeración, por lo que el flujo de recolección, transporte interno y recepción en planta debe diseñarse como una cadena continua. Cualquier cuello de botella en esta secuencia anula las ventajas de haber elegido correctamente los indicadores de cosecha, ya que el fruto de fresa, con su elevada tasa respiratoria y su epidermis delicada, penaliza de inmediato los retrasos y las malas decisiones operativas.
Manejo postcosecha para cuidar la calidad
El manejo postcosecha de la fresa comienza en el momento exacto del corte, no cuando el fruto entra al cuarto frío. Cada decisión tomada en campo condiciona el destino comercial de un producto extremadamente sensible, con una tasa respiratoria que puede superar los 60-100 mg CO₂/kg·h a 0-5 °C y una vida útil que, sin control, se reduce a pocas horas. Por ello, el primer criterio técnico es definir el estado de madurez según el mercado objetivo: para exportación en fresco se recomienda cosechar en estado de madurez rosa a 75 % roja, mientras que para mercado local de alta rotación se privilegia el 90-100 % de color rojo uniforme, siempre con aquenios de color pajizo y brillo intenso.
La selección del momento del día es igualmente crítica, porque determina la temperatura inicial del fruto y, con ella, la velocidad de deterioro. El corte debe realizarse en las primeras horas de la mañana, cuando la temperatura de la fruta se mantiene por debajo de 20 °C, evitando las horas de mayor radiación que incrementan la temperatura de pulpa y favorecen la pérdida de firmeza y agua. El uso de tijeras limpias para cortar el pedúnculo a 0,5-1,0 cm reduce daños en el receptáculo, mientras que el corte manual por torsión incrementa microlesiones que luego se traducen en pudriciones. La capacitación de la cuadrilla en presión de agarre, número máximo de piezas por mano y manejo de los envases primarios es tan determinante como cualquier tecnología de frío.
La transición del surco al área de preenfriado es el siguiente eslabón vulnerable. El tiempo entre corte y entrada al sistema de preenfriamiento no debe exceder 60-90 minutos en climas templados ni 30-45 minutos en zonas cálidas, porque cada hora adicional por arriba de 20 °C acelera la respiración y el ablandamiento de manera exponencial. El uso de túneles sombreados, carpas móviles o estructuras ligeras con malla sombra de 50-70 % en los puntos de acopio reduce el estrés térmico, mientras que el empleo de charolas ventiladas y cajas con aberturas laterales favorece la convección de aire frío posterior. El objetivo es que la fruta llegue al área de enfriamiento sin sudoración excesiva ni condensación superficial, condiciones que favorecen a Botrytis cinerea y Rhizopus stolonifer.
Preenfriado, respiración y control de patógenos
El preenfriado rápido es la herramienta central para extender la vida útil de la fresa, porque reduce la tasa respiratoria y la producción de etileno, además de frenar el desarrollo de hongos. La meta técnica es llevar la temperatura de pulpa a 0-2 °C en menos de 2 horas, con una diferencia de no más de 0,5 °C entre el centro del fruto y el aire de la cámara. El método más eficaz en sistemas comerciales es el preenfriado por aire forzado, que obliga el paso de aire frío a través de las cajas apiladas, siempre que el diseño de los envases permita un flujo uniforme y que la diferencia de temperatura entre el aire y la fruta no supere 10-12 °C para evitar estrés fisiológico y condensación.
El control de la humedad relativa es inseparable del manejo de la temperatura, porque la fresa presenta una cutícula delgada y estomas poco funcionales que favorecen la deshidratación. Una humedad relativa de 90-95 % mantiene la pérdida de peso por debajo del 3 % durante 7-10 días, límite a partir del cual el consumidor percibe marchitez y textura gomosa, sin embargo, superar el 95 % de forma sostenida genera condensaciones que incrementan la incidencia de mohos. Por ello se requieren sistemas de refrigeración con control fino de deshielos y circulación de aire, evitando corrientes directas sobre las cajas superiores que resecan la superficie de los frutos.
El ambiente frío por sí solo no basta para controlar los patógenos postcosecha más agresivos. Botrytis cinerea puede desarrollarse, aunque más lentamente, a 0 °C, por lo que se han incorporado estrategias integradas que incluyen tratamientos con anhídrido sulfuroso controlado, recubrimientos comestibles y, más recientemente, atmósferas modificadas dinámicas. La aplicación de SO₂ debe manejarse con precisión, respetando límites de exposición y concentración para no generar daños en el cáliz ni residuos indeseables, mientras que los recubrimientos a base de quitosano, alginatos o mezclas de lípidos reducen la pérdida de agua y la incidencia de pudriciones, siempre que se apliquen sobre fruta seca y con una carga microbiana superficial baja.
Las atmósferas modificadas y controladas han mostrado mejoras en vida de anaquel cuando se ajustan a rangos de 5-10 % de O₂ y 15-20 % de CO₂, condiciones que reducen la respiración y el crecimiento de hongos sin inducir fermentaciones. En la práctica, esto se logra mediante películas plásticas con permeabilidad selectiva, microperforaciones calculadas según el peso neto de la unidad de venta y la temperatura de manejo, o bien sistemas de inyección y monitoreo en cámaras. El reto técnico es mantener la estabilidad de la mezcla gaseosa a lo largo de la cadena, evitando fluctuaciones que anulen el beneficio del sistema.
Empaque, estandarización y logística en frío
El diseño del empaque primario y secundario condiciona la eficiencia del preenfriado, la protección mecánica y la presentación comercial. Las canastillas o clamshells de PET de 250-454 g siguen siendo el estándar en exportación, por su rigidez, transparencia y capacidad de ventilación, siempre que incluyan aberturas laterales y superiores que permitan un flujo de aire homogéneo. La tendencia reciente incorpora materiales reciclados (rPET) y diseños que reducen el volumen de aire libre dentro del envase, lo que estabiliza la temperatura y la humedad relativa a microescala. El empaque secundario, generalmente cajas de cartón de 2,0-4,5 kg, debe soportar apilamientos de 5-8 alturas sin deformarse, con un patrón de ventilación alineado al sistema de aire forzado.
La clasificación y calibrado previos al empaque son esenciales para lograr uniformidad en comportamiento postcosecha. Lotes con variaciones amplias de tamaño o madurez presentan patrones de respiración y ablandamiento desiguales, lo que acorta la vida útil del conjunto. La segregación por categorías de calidad, tamaño y color permite dirigir cada flujo a mercados específicos: fruta de mayor firmeza y menor grado de madurez para exportación lejana, fruta con color más avanzado o ligeras deformaciones para industria o mercado local. El rechazo temprano de piezas con daños mecánicos, heridas o síntomas incipientes de pudrición reduce la presión de inóculo en toda la cadena.
La logística en frío se sostiene sobre el principio de cadena de frío ininterrumpida, donde cada eslabón debe operar en un rango de 0-2 °C desde la cámara de preenfriado hasta el punto de venta, con variaciones máximas de ±0,5 °C. Los camiones refrigerados requieren una precarga a la misma temperatura de la fruta, evitando que el equipo trabaje para enfriar tanto la mercancía como el espacio vacío, y deben presentar una distribución de aire que impida zonas calientes cerca de puertas o esquinas. El monitoreo continuo mediante registradores de temperatura y humedad, así como sistemas de telemetría, se ha vuelto estándar en exportación, permitiendo detectar desviaciones y ajustar protocolos en tiempo real.
La carga y estiba dentro de los vehículos es otro punto crítico, porque un diseño de paletizado inadecuado bloquea las corrientes de aire y genera gradientes térmicos significativos. El uso de tarimas estandarizadas, patrones de apilamiento cruzado y separación mínima de 5-10 cm respecto a paredes y techo del camión facilita la circulación uniforme del aire frío. En rutas largas, la apertura de puertas debe minimizarse y planearse en puntos intermedios con menor exposición a calor exterior, mientras que las operaciones de trasbordo requieren áreas cubiertas, idealmente con túneles de transferencia refrigerados.
Calidad sensorial, inocuidad y trazabilidad
La calidad postcosecha de la fresa no se limita a firmeza y ausencia de mohos, también incluye atributos sensoriales y de inocuidad que el consumidor percibe de manera inmediata. El manejo del tiempo de almacenamiento es decisivo, porque incluso bajo condiciones óptimas de 0-1 °C y 90-95 % de HR, la concentración de compuestos volátiles responsables del aroma, como ésteres y furanonas, disminuye a partir del día 5-7, mientras que la relación azúcares/ácidos se modifica, alterando el balance gustativo. Por ello, las cadenas de valor más eficientes ajustan las fechas de corte a la demanda real, evitando almacenamientos prolongados y privilegiando ciclos logísticos cortos.
La inocuidad se integra de manera transversal al manejo postcosecha, desde la higiene del personal de cosecha hasta la sanidad de las superficies en cuartos fríos y centros de empaque. La fresa, al consumirse generalmente en fresco y con mínima preparación, exige protocolos estrictos de Buenas Prácticas Agrícolas y de Manejo (BPA y BPM), con énfasis en calidad microbiológica del agua de lavado, limpieza y desinfección de equipos, control de fauna nociva y trazabilidad por lote. El uso de desinfectantes en agua de proceso, como hipoclorito de sodio o ácido peracético, requiere control de pH, concentración y tiempo de contacto para lograr reducciones significativas de carga microbiana sin afectar la epidermis del fruto ni dejar residuos.
La trazabilidad cierra el círculo técnico, permitiendo relacionar cada unidad de venta con su origen en campo, fecha y hora de cosecha, tratamiento postcosecha recibido y condiciones de transporte. Los sistemas modernos integran códigos de barras o QR en cajas y clamshells, vinculados a plataformas digitales que registran temperatura, humedad y tiempos de tránsito, lo que facilita auditorías de calidad y respuestas rápidas ante cualquier incidencia. Para el productor profesional, esta información no solo cumple con requerimientos regulatorios y de mercado, también se convierte en una herramienta de análisis para ajustar densidades de plantación, programas de riego y nutrición, y prácticas de cosecha en función del desempeño real en anaquel.
La convergencia de estas prácticas configura un enfoque integral del manejo postcosecha, donde la biología del fruto, la ingeniería del frío, el diseño de empaques y la logística se articulan para preservar el potencial de calidad generado en campo. Cada desviación en temperatura, humedad o tiempo se traduce en pérdida de valor comercial, mientras que cada mejora en precisión y coordinación amplifica la competitividad del sistema productivo, particularmente en un cultivo tan sensible y exigente como la fresa.
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