Aspectos económicos del cultivo de fresa

Aspectos económicos del cultivo de fresa

La rentabilidad del cultivo de fresa depende de una ecuación delicada entre costos intensivos y alta valorización del producto, los sistemas de producción en sustrato, fertirriego presurizado y uso de plantas certificadas elevan la inversión inicial por hectárea, pero permiten densidades superiores a 60 000 plantas, ciclos más cortos y una curva de cosecha escalonada que captura precios diferenciados en mercados mayoristas y de exportación, donde la calidad postcosecha y la firmeza del fruto son determinantes para evitar pérdidas logísticas.

Sin embargo, la volatilidad del precio en campo y el poder de negociación concentrado en cadenas de distribución reducen el margen del productor, por eso la rentabilidad sostenida exige contratos de suministro, integración a cooperativas y diversificación de ventanas de mercado mediante escalonamiento de plantación, además, la adopción de análisis de costos por bloque productivo y el uso de indicadores como margen bruto por metro cuadrado permiten identificar umbrales de productividad donde la fresa deja de ser competitiva frente a cultivos alternativos de alto valor.

Costos de establecimiento

Los costos de establecimiento del cultivo de fresa representan la decisión económica más delicada del sistema productivo, porque concentran la mayor parte del capital de riesgo en un periodo muy corto y con escasa capacidad de corrección posterior. En México, donde la fresa se orienta crecientemente a mercados de exportación y a cadenas de valor más exigentes, la estructura de costos iniciales define la competitividad del productor durante todo el ciclo productivo, incluso antes de que aparezca la primera flor.

La lógica económica de estos costos se entiende mejor si se descompone el establecimiento en cuatro bloques principales: infraestructura física, insumos biológicos, manejo del suelo y protección del cultivo. Cada bloque concentra rubros que, si se deciden con criterios técnicos sólidos, incrementan la probabilidad de alcanzar rendimientos superiores a 40–50 t/ha, pero que, si se abordan con improvisación, generan pérdidas irreversibles y hunden la rentabilidad incluso con buenos precios de mercado.

Estructura económica del establecimiento

El primer gran rubro es la infraestructura del sistema de producción, que abarca desde nivelación y preparación profunda del terreno hasta sistemas de riego presurizado, acolchado plástico y, en su caso, estructuras de protección como macro túneles o mallasombra. En zonas productoras como Michoacán y Baja California, el sistema de riego por goteo con cintilla de calidad, cabezal con filtrado adecuado, fertitank y automatización básica puede representar entre 18–25 % del costo de establecimiento por hectárea, dependiendo del grado de tecnificación y de si se amortiza en uno o más ciclos. La decisión crítica es si se considera esta infraestructura como gasto de un solo ciclo o como inversión amortizable en 3–5 años, porque esa elección modifica de raíz el análisis de rentabilidad y el flujo de caja del productor.

El segundo bloque, los insumos biológicos, se concentra en la planta y su sanidad. La compra de planta certificada de Fragaria × ananassa representa típicamente entre 25–35 % de los costos de establecimiento, sobre todo en sistemas de alta densidad con más de 60,000 plantas/ha. El error económico más frecuente es tratar la planta como un insumo más y no como el principal determinante del rendimiento potencial. Cuando se opta por planta barata, de origen dudoso o sin trazabilidad sanitaria, los ahorros iniciales se diluyen rápidamente frente a la pérdida de vigor, la irregularidad en la brotación y la mayor incidencia de patógenos de cuello y raíz como Phytophthora o Fusarium, que obligan a incrementar el gasto en fungicidas y a reducir la vida útil del cultivo.

El tercer componente de peso es el manejo del suelo previo al trasplante, que incluye subsoleo, rastreos, formación de camas, incorporación de materia orgánica, cal agrícola y, en muchos casos, fumigación o desinfección. La fumigación con mezclas a base de 1,3-dicloropropeno, cloropicrina u otros productos autorizados puede representar entre 12–18 % del costo de establecimiento, pero su impacto económico se extiende a todo el ciclo al reducir la presión de nematodos, hongos de suelo y malezas perennes. El error costoso aquí consiste en subestimar la carga de inóculo del lote y reducir dosis, tiempos de exposición o calidad de la aplicación para “ahorrar”, lo que deriva en fallas parciales de control, parches de baja productividad y, en última instancia, en rendimientos muy por debajo del umbral de equilibrio.

El cuarto bloque son las barreras físicas y químicas de protección inicial, donde se incluye el acolchado plástico, las cintillas de riego, la instalación de macro túneles y el primer paquete de insumos fitosanitarios y nutricionales. El acolchado, que puede representar 6–10 % del costo de establecimiento, no solo modula la temperatura y la humedad del suelo, también condiciona la eficiencia del riego y la calidad del fruto. Elegir plásticos de baja durabilidad o espesores inadecuados genera rupturas tempranas, mayor evaporación, colonización de malezas y, por tanto, un aumento del costo de mano de obra en deshierbes y reparaciones, que termina siendo mucho más caro que el ahorro inicial en materiales.

Decisiones de alta incidencia económica

La densidad de plantación y el diseño del sistema de camas son decisiones que conectan directamente la agronomía con la economía. Un aumento en la densidad busca elevar el rendimiento por hectárea, pero incrementa proporcionalmente el costo de planta, la demanda de fertilizantes y la presión de enfermedades foliares, especialmente Botrytis cinerea en ambientes húmedos o bajo cubierta. Cuando se sobrepasa la densidad óptima para una variedad y un microclima dados, la competencia por luz y nutrientes reduce el calibre de fruto y la proporción de fruta de primera calidad, de modo que el ingreso marginal adicional por mayor número de frutos no compensa el costo marginal de establecimiento y manejo. La lógica económica exige validar densidades con datos locales de rendimiento y calidad, no solo replicar esquemas de otras regiones o de empresas vecinas.

Otro punto neurálgico es la sincronización del establecimiento con la ventana de mercado objetivo. Establecer la plantación demasiado temprano, buscando precios altos al inicio de la temporada, implica enfrentar temperaturas elevadas, mayor estrés hídrico y pérdidas por mortalidad de planta, lo que obliga a replantes costosos y desuniformes. Establecer demasiado tarde reduce la ventana productiva y desplaza el pico de cosecha hacia periodos de sobreoferta, con precios deprimidos. Desde la perspectiva de costos de establecimiento, el error grave es no integrar el calendario de trasplante con datos históricos de precios, curvas de demanda y capacidad de empaque y logística, porque un mismo costo de implantación puede traducirse en escenarios de rentabilidad radicalmente distintos según la fecha de entrada al mercado.

La elección de variedad también tiene un componente económico de largo alcance. Variedades de alto potencial productivo, como algunas selecciones de Albion, San Andreas o materiales más recientes, suelen asociarse a paquetes tecnológicos más intensivos en nutrición y protección fitosanitaria, además de requerir un manejo más fino de riego y poda. El error de muchos proyectos nuevos consiste en adoptar variedades “de moda” sin evaluar su comportamiento bajo las condiciones específicas de radiación, altitud y tipo de suelo del predio, lo que incrementa el riesgo de desbalances nutricionales, susceptibilidad a enfermedades y baja vida de anaquel, afectando la proporción de fruta exportable y, por tanto, el retorno sobre los costos iniciales.

Errores más costosos en el establecimiento

Los errores más onerosos no siempre corresponden al rubro de mayor monto absoluto, sino a aquellos que comprometen la capacidad del sistema para expresar su potencial productivo. El primero de ellos es la subestimación de la calidad de agua de riego. Ignorar análisis de conductividad eléctrica, bicarbonatos, sodio intercambiable y presencia de metales pesados provoca decisiones erróneas en el diseño del sistema de riego y en la formulación de soluciones nutritivas. El resultado económico se traduce en obstrucción de emisores, desuniformidad en la distribución de agua y fertilizantes, salinización progresiva de la rizosfera y, en casos extremos, pérdida anticipada de la plantación, todo ello a partir de un “ahorro” inicial en estudios de laboratorio que representan menos del 1 % del costo total de establecimiento.

Un segundo error crítico es la ausencia de diagnóstico de suelo con enfoque funcional. No basta con conocer pH y materia orgánica, se requiere información sobre textura, capacidad de intercambio catiónico, salinidad, presencia de carbonatos y perfiles de nutrientes disponibles. Cuando se prescinde de este diagnóstico, se tiende a aplicar paquetes estándar de enmiendas y fertilización de fondo que pueden ser innecesarios o insuficientes, generando gastos superfluos en insumos y, al mismo tiempo, limitando el desarrollo radicular. Económicamente, esto se expresa en un costo de establecimiento inflado por insumos mal dirigidos y en una respuesta productiva por debajo de lo esperado, lo que erosiona la relación costo-beneficio.

El tercer error de alto impacto es la improvisación en la logística de planta. Retrasos en la entrega, mala conservación durante el transporte, exposición al calor o a la deshidratación y almacenamiento inadecuado antes del trasplante reducen de manera drástica la viabilidad y el vigor inicial. Aunque el costo de la planta ya está contabilizado, el daño logístico lo convierte en un gasto hundido, pues obliga a replantar, apliques adicionales de inductores de enraizamiento y, en muchos casos, a convivir con una plantación heterogénea que complica el manejo de riego y fertilización. La pérdida de uniformidad incrementa los costos operativos y, sobre todo, reduce la eficiencia del uso de insumos y mano de obra durante todo el ciclo.

Un cuarto error, menos visible pero recurrente, es la subinversión en capacitación técnica durante la fase de establecimiento. La decisión de prescindir de asesoría especializada o de limitar la formación del personal de campo se traduce en fallas de ejecución: profundidades de plantación inadecuadas, mala colocación de cintillas, curvas de nivel deficientes, compactación excesiva en la formación de camas y errores en la calibración de equipos de aplicación. Cada uno de estos fallos incrementa el costo de corrección y, en muchos casos, no tiene solución completa una vez que la plantación está en marcha, de modo que el costo de establecimiento se vuelve estructuralmente ineficiente.

Finalmente, el error más caro desde la perspectiva de riesgo financiero es no integrar los costos de establecimiento en un modelo de flujo de efectivo y análisis de sensibilidad. Cuando el productor desconoce su punto de equilibrio en t/ha y el impacto de variaciones en el precio de venta, en el tipo de cambio o en el rendimiento efectivo, toma decisiones de inversión inicial basadas en expectativas optimistas, sin contemplar escenarios adversos. En un cultivo tan intensivo como la fresa, donde los costos de establecimiento pueden superar con facilidad los 400,000–600,000 MXN/ha en sistemas tecnificados, la ausencia de esta visión económica integral convierte cualquier desviación productiva o de mercado en una amenaza directa a la viabilidad del proyecto, independientemente de la calidad agronómica del manejo.

Costos de operación

Los costos de operación del cultivo de fresa en México se han vuelto el principal filtro económico que define quién permanece en el negocio y quién sale del mercado, más que el acceso a tierra o agua. En un sistema intensivo típico de alta tecnología (macrotúnel o invernadero, riego por goteo, planta importada), el costo operativo anual suele oscilar entre 900,000 y 1,400,000 MXN/ha, dependiendo del nivel de tecnificación, del origen de la planta y del manejo fitosanitario, mientras que los ingresos dependen de rendimientos que pueden variar brutalmente entre 20 y 60 t/ha. La rentabilidad, por tanto, no se juega en un solo rubro, sino en la interacción de varios costos clave y en la capacidad del productor para evitar errores que disparan el costo por kilogramo comercializado.

La estructura de costos operativos se concentra en cinco componentes mayores: mano de obra, planta y establecimiento, fertilización y riego, protección fitosanitaria y empaque y logística primaria, cada uno con un peso económico distinto pero con una sensibilidad alta a decisiones técnicas aparentemente pequeñas. En promedio, la mano de obra representa entre 35 y 50 % del costo operativo, la planta y su establecimiento entre 15 y 25 %, la nutrición y el agua entre 10 y 15 %, la sanidad entre 10 y 20 % y el empaque y traslado a centro de acopio entre 8 y 12 %, de modo que un error de manejo en cualquiera de estos rubros no solo incrementa el gasto directo, también reduce el rendimiento o la calidad, elevando el costo unitario por kg y erosionando el margen.

Mano de obra: el costo dominante y su elasticidad productiva

En los sistemas de fresa de cosecha continua (8 a 10 meses), la mano de obra es el corazón económico del cultivo, no solo por su peso porcentual, sino porque su eficiencia define el aprovechamiento de todos los demás insumos. Actividades como trasplante, deshije, deshoje sanitario, aplicación manual de agroquímicos en zonas con restricción de maquinaria y, sobre todo, la cosecha selectiva de frutos en estado ¾ rojo, demandan jornales intensivos y relativamente especializados. En regiones como Zamora, Irapuato o el corredor de Baja California, los costos de mano de obra para fresa oscilan entre 350,000 y 600,000 MXN/ha/ciclo, dependiendo del salario diario, la frecuencia de corte y la intensidad de labores culturales.

El error más costoso en este rubro es tratar la mano de obra como un gasto fijo y no como un recurso productivo que puede optimizarse, lo que lleva a sobredimensionar cuadrillas, repetir labores mal planificadas o estirar cosechas con fruta sobremadura que incrementa el rechazo en empaque. La lógica económica indica que el objetivo no es reducir jornales a toda costa, sino maximizar los kg de fruta de primera por jornal, de manera que cuadrillas bien entrenadas, con rutas de cosecha definidas por bloques de madurez y tiempos estrictos de traslado a empaque, tienden a reducir el costo por kg aun pagando salarios ligeramente superiores. Cuando esta organización falla, el productor paga doble: más jornales y más merma.

Planta, establecimiento y el costo oculto de la mala decisión varietal

El segundo gran componente de los costos de operación es la planta y su establecimiento, donde se concentran decisiones de alto impacto financiero que a menudo se toman con base en modas de mercado y no en análisis de costo-beneficio. La planta importada de viveros certificados (California, España) puede costar entre 4.5 y 7.0 MXN por planta, mientras que la planta nacional certificada se sitúa en rangos de 2.0 a 3.5 MXN, con diferencias en sanidad, vigor y uniformidad. Para densidades de 60,000 a 80,000 plantas/ha, el costo directo de planta fluctúa entre 150,000 y 450,000 MXN/ha, al que se suman labores de preparación de camas, acolchado plástico, instalación de cintilla y trasplante, elevando el costo total de establecimiento a 250,000–500,000 MXN/ha.

El error económico más grave en este rubro es elegir material vegetal de baja sanidad para abaratar costos iniciales, lo que dispara gastos fitosanitarios y reduce el potencial de rendimiento, generando un costo por kg mucho mayor que el supuesto ahorro. Una planta con infección latente de Phytophthora o Colletotrichum puede reducir el rendimiento en 20–40 %, de modo que un ahorro de 50,000 MXN/ha en planta se traduce en pérdidas de cientos de miles de pesos en ingresos no percibidos. A esto se suma el riesgo de seleccionar variedades con alta demanda comercial pero comportamiento agronómico pobre en las condiciones locales, lo que exige más insumos para sostener un nivel de producción aceptable. La lógica económica favorece la estabilidad productiva sobre la moda varietal, priorizando genotipos con buen comportamiento agronómico, alta proporción de primera calidad y menor susceptibilidad a enfermedades clave, aunque su precio de planta sea ligeramente superior.

Fertilización, riego y el costo de la ineficiencia invisible

En la fresa moderna, el riego por goteo y la fertirrigación permiten una precisión notable en el suministro de nutrientes, pero también ocultan ineficiencias costosas cuando se manejan sin monitoreo. Los costos directos de fertilización (N, P, K, Ca, Mg, micronutrientes) suelen ubicarse entre 60,000 y 120,000 MXN/ha/ciclo, dependiendo del esquema de nutrición, mientras que el costo del agua y la energía para bombeo varía ampliamente según la región, desde 10,000 hasta más de 60,000 MXN/ha, especialmente en sistemas presurizados con pozos profundos. En conjunto, la nutrición y el riego representan alrededor de 10–15 % del costo operativo, pero su impacto sobre el rendimiento y la calidad es desproporcionado.

El error económico más frecuente es diseñar programas de fertilización genéricos, sin análisis de suelo, agua y solución del bulbo húmedo, lo que conduce a sobreaplicaciones de nitrógeno y potasio, subdosificación de calcio y boro y desequilibrios que incrementan la incidencia de pudriciones, fruta blanda y deformaciones. Cada kilogramo de fertilizante aplicado por encima de la dosis óptima no solo es un costo directo innecesario, también puede reducir la eficiencia de uso de otros nutrientes, aumentar la salinidad y acortar la vida productiva de la planta. Desde la perspectiva económica, el objetivo es maximizar la eficiencia agronómica del nutriente (kg de fruta comercial por kg de nutriente aplicado), lo que solo se logra con monitoreo frecuente de CE, pH y análisis foliares, ajustando las dosis a la curva real de extracción del cultivo en cada ambiente.

Protección fitosanitaria y el costo de la reacción tardía

La frutilla es un cultivo altamente sensible a patógenos de suelo, enfermedades foliares y plagas como trips, ácaros y Drosophila suzukii, por lo que los costos de protección fitosanitaria se han incrementado de forma sostenida, en particular por la restricción de ingredientes activos y la necesidad de rotación de modos de acción. En sistemas intensivos, el gasto en fungicidas, insecticidas, acaricidas, inductores de resistencia y biológicos puede situarse entre 90,000 y 200,000 MXN/ha/ciclo, sin contar la mano de obra asociada a las aplicaciones. Este rubro, que a primera vista parece un costo a contener, se convierte en un seguro productivo cuando se maneja de forma preventiva y basada en monitoreo.

El error más costoso es aplicar tarde, cuando la enfermedad o la plaga ya superó el umbral económico de daño, lo que obliga a tratamientos más caros, con mezclas complejas, mayor frecuencia y, aun así, pérdidas irreversibles de rendimiento y calidad. La lógica económica de la sanidad en fresa se basa en una gestión del riesgo, donde el productor invierte en monitoreo profesional, trampas, muestreos sistemáticos y diagnósticos de laboratorio, para reducir la incertidumbre y aplicar solo lo necesario, en el momento correcto y con la molécula adecuada. Cuando se prescinde de este enfoque, se cae en dos extremos igualmente costosos: subprotección que genera pérdidas de producción o sobreprotección que incrementa el costo por ha y el riesgo de residuos no conformes, con rechazos de lote que anulan por completo el beneficio esperado.

Empaque, logística primaria y el costo de perder calidad postcosecha

Aunque muchos productores consideran que el empaque y la logística pertenecen a otra etapa de la cadena, en la realidad económica del cultivo de fresa estos rubros son parte inseparable del costo de operación, porque la fruta se deteriora en cuestión de horas si no se maneja con frío y manipulación adecuada. El costo de cajas, clamshells, etiquetado, preenfriado y traslado a centros de acopio o plantas empacadoras se sitúa típicamente entre 80,000 y 150,000 MXN/ha, dependiendo del destino (mercado nacional o exportación) y del estándar de presentación. A esto se suma la merma por daño mecánico y pérdida de firmeza cuando los tiempos entre corte y enfriamiento superan las 2–3 horas, lo que reduce el porcentaje de fruta de primera y eleva el costo por kg comercializable.

El error económico crítico es no integrar la postcosecha en la planeación de la cosecha, permitiendo que la fruta se acumule en campo o en patios sin frío, con cargas térmicas que aceleran la respiración y el desarrollo de hongos. Desde la óptica del costo de operación, cada kilogramo que se pierde o degrada después de haber absorbido todos los costos previos (planta, fertilización, mano de obra, sanidad) es el más caro de todos, porque no genera ingreso alguno. Por ello, la sincronización entre ritmos de corte, capacidad de preenfriado, disponibilidad de transporte y ventanas de recepción en empaque es un componente tan económico como técnico, que define la eficiencia global del sistema productivo.

En conjunto, los mayores costos de operación del cultivo de fresa no se entienden solo por su monto absoluto, sino por su interacción con las decisiones técnicas que determinan rendimiento, calidad y riesgo comercial. Los errores más costosos no son necesariamente los que implican el mayor desembolso inmediato, sino aquellos que, por ahorrar en el corto plazo o por reaccionar tarde, multiplican el costo por kilogramo y reducen la resiliencia financiera del productor frente a la volatilidad de precios y a la creciente exigencia de los mercados.

Rendimiento esperado

El rendimiento esperado en el cultivo de fresa en México se ha convertido en el eje que define la viabilidad económica de las unidades de producción, más que cualquier otro indicador aislado. No se trata solo de cuántas toneladas por hectárea se obtienen, sino de cómo ese volumen interactúa con el sistema de costos, la estructura de comercialización, el tipo de tecnología empleada y la volatilidad de los precios. En un cultivo tan intensivo en capital y mano de obra como la fresa, una diferencia de 10-15 t/ha puede marcar la frontera entre una empresa rentable y una operación que apenas cubre sus compromisos financieros.

En la última década, México se ha consolidado como uno de los principales productores y exportadores de fresa a nivel mundial, lo que ha impulsado una transición desde esquemas de baja tecnología hacia sistemas altamente tecnificados. Este cambio se refleja con claridad en los rendimientos promedio. A nivel nacional, considerando tanto sistemas de suelo abierto como producción en macrotúnel e invernadero, los rendimientos comerciales oscilan típicamente entre 35 y 45 t/ha, con un promedio operativo cercano a 40 t/ha en plantaciones bien manejadas. Sin embargo, esta cifra oculta una enorme heterogeneidad regional y tecnológica que es crucial para interpretar las implicaciones económicas de rendimientos por debajo o por encima de ese promedio.

En los valles de Michoacán y zonas tradicionales de Guanajuato y Estado de México, los sistemas a cielo abierto en suelo, con variedades como Camarosa, Festival o Camino Real, suelen ubicarse en rangos de 25-35 t/ha, dependiendo de la calidad de planta, el manejo nutrimental y la presión de enfermedades de raíz. En contraste, en los polos exportadores de Baja California y áreas tecnificadas de Jalisco, donde predominan sistemas de macrotúnel, fertirrigación presurizada y variedades de día neutro como San Andreas, Monterey o Albion, los rendimientos comerciales frecuentes se sitúan entre 50 y 70 t/ha, con unidades de alta especialización que superan de forma consistente las 80 t/ha. En sistemas de sustrato en invernadero, bajo esquemas de producción intensiva orientada a nichos de alto valor, se reportan rendimientos puntuales de 90-100 t/ha, aunque con costos de establecimiento y operación sensiblemente mayores.

Esta estratificación tecnológica obliga a interpretar el “promedio nacional” como una referencia estadística, no como una meta universal. Un productor de fresa en suelo abierto con manejo convencional que alcanza 40 t/ha está, en términos relativos, por encima de su nicho tecnológico, mientras que una empresa con macrotúneles y fertirrigación que se queda en 40 t/ha está muy por debajo de su potencial económico. El rendimiento esperado, por tanto, debe definirse siempre en función del paquete tecnológico, de la ventana de mercado a la que se dirige la producción y del horizonte de amortización de la inversión.

Umbrales de rentabilidad y rendimiento por debajo del promedio

Desde la perspectiva económica, el rendimiento no puede analizarse aislado del costo de producción por hectárea. En sistemas de cielo abierto con riego por goteo, los costos totales (incluyendo establecimiento, planta, fertilización, protección fitosanitaria y mano de obra de cosecha) suelen oscilar entre 280,000 y 380,000 MXN/ha, dependiendo de la intensidad del manejo y del costo local de la mano de obra. Si se asume un precio medio de venta en campo de 22-26 MXN/kg para fruta de calidad aceptable en mercado nacional, el punto de equilibrio en estos sistemas se ubica aproximadamente entre 14 y 18 t/ha, por debajo del cual la unidad productiva opera con pérdidas directas.

Sin embargo, aunque el punto de equilibrio contable pueda alcanzarse con rendimientos relativamente bajos, la realidad financiera es más exigente. Un rendimiento de 20-25 t/ha en cielo abierto, aun cubriendo costos directos, deja márgenes muy estrechos para absorber fluctuaciones de precio, rechazos por calidad, mermas postcosecha o incrementos imprevistos en insumos. En la práctica, un productor que se mantiene de forma recurrente en ese rango se expone a una alta vulnerabilidad, su capacidad de reinversión se reduce y se limita la adopción de innovaciones que podrían mejorar su competitividad. En términos económicos, se trata de una operación que sobrevive, pero no se consolida.

La situación se vuelve más crítica cuando se compara ese rendimiento con el promedio nacional de 40 t/ha, porque entonces la brecha deja de ser solo agronómica y se convierte en un problema estructural de competitividad. Un productor que se mantiene de forma sistemática 10-15 t/ha por debajo del promedio enfrenta costos unitarios por kilogramo significativamente más altos, lo que reduce su capacidad de negociar precios, lo excluye de ciertos mercados de mayor exigencia y lo deja dependiente de intermediarios que capturan una proporción mayor del valor agregado. Además, la presión por reducir costos ante bajos rendimientos suele traducirse en menor inversión en manejo integrado de plagas, renovación varietal y capacitación de personal, lo que retroalimenta el círculo de bajos rendimientos.

En sistemas tecnificados de macrotúnel y fertirrigación, el umbral económico se desplaza. Aquí los costos de producción pueden situarse entre 450,000 y 650,000 MXN/ha, considerando estructuras, cintilla, sistemas de filtrado, mayor densidad de planta y manejo más intensivo. Con precios promedio en campo de 28-35 MXN/kg para fruta de exportación o mercado nacional premium, el punto de equilibrio se ubica alrededor de 18-22 t/ha, pero la rentabilidad objetivo para justificar la inversión requiere al menos 45-50 t/ha. Un rendimiento de 35-40 t/ha en este tipo de sistema, aunque supere el promedio nacional, implica un desempeño subóptimo frente al potencial tecnológico, con márgenes que apenas compensan la inmovilización de capital y el riesgo operativo.

Rendimientos por encima del promedio y captura de valor

Cuando el rendimiento se sitúa por encima del promedio nacional, el impacto económico no es lineal, sino exponencial, porque el costo fijo por hectárea se diluye en un mayor volumen de producción. En un sistema de macrotúnel con costos totales de 550,000 MXN/ha, pasar de 40 a 60 t/ha puede reducir el costo unitario de producción de alrededor de 13.8 a 9.2 MXN/kg, lo que incrementa de forma notable el margen bruto, aun con precios de venta constantes. Esa diferencia permite absorber variaciones de precio, invertir en certificaciones, mejorar la logística de frío y acceder a programas de financiamiento con mejores condiciones.

Sin embargo, el alto rendimiento solo se traduce en ventaja económica sostenida cuando se acompaña de calidad comercial, continuidad de cosecha y alineación con ventanas de alta demanda. Un productor que alcanza 70-80 t/ha pero concentra su pico de producción en semanas de sobreoferta puede ver erosionado su ingreso por una caída abrupta del precio, mientras que otro con 55-60 t/ha, pero con una curva de cosecha bien distribuida y contratos de suministro, puede obtener una rentabilidad superior. El rendimiento, entonces, debe entenderse como un componente de una estrategia integral de gestión del riesgo de mercado.

En sistemas altamente tecnificados en sustrato, donde los costos pueden superar 800,000 MXN/ha, los rendimientos de 90-100 t/ha son el punto donde la ecuación económica comienza a ser realmente favorable, especialmente cuando se orienta la producción a nichos de alto valor, como mercados orgánicos o de proximidad con precios superiores a 40 MXN/kg. En estos casos, el rendimiento por encima del promedio nacional no solo mejora la rentabilidad, sino que permite amortizar más rápido la inversión en infraestructura, renovar variedades con mayor frecuencia y sostener programas avanzados de mejoramiento de calidad postcosecha.

Rendimiento, riesgo y decisiones de inversión

El rendimiento esperado también funciona como una brújula para la toma de decisiones de inversión. Antes de instalar macrotúneles, migrar a sistemas de sustrato o incrementar densidades de plantación, el productor debe proyectar no solo el rendimiento potencial teórico, sino el rendimiento realista que puede alcanzar con su nivel de gestión, acceso a asesoría técnica y capacidad de organización de la mano de obra. Una brecha sistemática entre el rendimiento esperado en los modelos de negocio y el rendimiento efectivo en campo es una de las principales causas de sobreendeudamiento en unidades productivas de fresa.

Operar por debajo del promedio nacional en un entorno de creciente tecnificación implica, además, un riesgo de obsolescencia competitiva. A medida que más productores alcanzan y superan las 50 t/ha con paquetes tecnológicos consolidados, los estándares de calidad se elevan, los compradores se vuelven más exigentes y los mercados castigan con más fuerza la fruta de calibres irregulares, firmeza deficiente o alta incidencia de daños por Botrytis. El rendimiento bajo suele correlacionarse con estos problemas de calidad, lo que refuerza la desventaja económica.

Por el contrario, los productores que logran estabilizar rendimientos por encima del promedio nacional, con variaciones interanuales acotadas, se encuentran en mejor posición para negociar contratos, acceder a esquemas de agricultura por contrato y participar en programas de integración vertical con empacadoras y comercializadoras. En este nivel, el rendimiento deja de ser solo un indicador técnico y se convierte en un argumento de poder de negociación dentro de la cadena de valor.

En última instancia, el rendimiento esperado en fresa en México funciona como un lenguaje común entre técnicos, productores, financiadores y compradores, pero su interpretación económica exige situarlo en el contexto del sistema productivo específico. Estar por debajo o por encima del promedio nacional no tiene el mismo significado en un sistema de suelo abierto que en uno de macrotúnel o sustrato, y las implicaciones económicas dependen tanto de la cifra en t/ha como de la capacidad del productor para transformar ese volumen en valor económico sostenible.

Rentabilidad del cultivo

El rendimiento esperado en el cultivo de fresa en México se ha convertido en el eje que define la viabilidad económica de las unidades de producción, más que cualquier otro indicador aislado. No se trata solo de cuántas toneladas por hectárea se obtienen, sino de cómo ese volumen interactúa con el sistema de costos, la estructura de comercialización, el tipo de tecnología empleada y la volatilidad de los precios. En un cultivo tan intensivo en capital y mano de obra como la fresa, una diferencia de 10-15 t/ha puede marcar la frontera entre una empresa rentable y una operación que apenas cubre sus compromisos financieros.

En la última década, México se ha consolidado como uno de los principales productores y exportadores de fresa a nivel mundial, lo que ha impulsado una transición desde esquemas de baja tecnología hacia sistemas altamente tecnificados. Este cambio se refleja con claridad en los rendimientos promedio. A nivel nacional, considerando tanto sistemas de suelo abierto como producción en macrotúnel e invernadero, los rendimientos comerciales oscilan típicamente entre 35 y 45 t/ha, con un promedio operativo cercano a 40 t/ha en plantaciones bien manejadas. Sin embargo, esta cifra oculta una enorme heterogeneidad regional y tecnológica que es crucial para interpretar las implicaciones económicas de rendimientos por debajo o por encima de ese promedio.

En los valles de Michoacán y zonas tradicionales de Guanajuato y Estado de México, los sistemas a cielo abierto en suelo, con variedades como Camarosa, Festival o Camino Real, suelen ubicarse en rangos de 25-35 t/ha, dependiendo de la calidad de planta, el manejo nutrimental y la presión de enfermedades de raíz. En contraste, en los polos exportadores de Baja California y áreas tecnificadas de Jalisco, donde predominan sistemas de macrotúnel, fertirrigación presurizada y variedades de día neutro como San Andreas, Monterey o Albion, los rendimientos comerciales frecuentes se sitúan entre 50 y 70 t/ha, con unidades de alta especialización que superan de forma consistente las 80 t/ha. En sistemas de sustrato en invernadero, bajo esquemas de producción intensiva orientada a nichos de alto valor, se reportan rendimientos puntuales de 90-100 t/ha, aunque con costos de establecimiento y operación sensiblemente mayores.

Esta estratificación tecnológica obliga a interpretar el “promedio nacional” como una referencia estadística, no como una meta universal. Un productor de fresa en suelo abierto con manejo convencional que alcanza 40 t/ha está, en términos relativos, por encima de su nicho tecnológico, mientras que una empresa con macrotúneles y fertirrigación que se queda en 40 t/ha está muy por debajo de su potencial económico. El rendimiento esperado, por tanto, debe definirse siempre en función del paquete tecnológico, de la ventana de mercado a la que se dirige la producción y del horizonte de amortización de la inversión.

Umbrales de rentabilidad y rendimiento por debajo del promedio

Desde la perspectiva económica, el rendimiento no puede analizarse aislado del costo de producción por hectárea. En sistemas de cielo abierto con riego por goteo, los costos totales (incluyendo establecimiento, planta, fertilización, protección fitosanitaria y mano de obra de cosecha) suelen oscilar entre 280,000 y 380,000 MXN/ha, dependiendo de la intensidad del manejo y del costo local de la mano de obra. Si se asume un precio medio de venta en campo de 22-26 MXN/kg para fruta de calidad aceptable en mercado nacional, el punto de equilibrio en estos sistemas se ubica aproximadamente entre 14 y 18 t/ha, por debajo del cual la unidad productiva opera con pérdidas directas.

Sin embargo, aunque el punto de equilibrio contable pueda alcanzarse con rendimientos relativamente bajos, la realidad financiera es más exigente. Un rendimiento de 20-25 t/ha en cielo abierto, aun cubriendo costos directos, deja márgenes muy estrechos para absorber fluctuaciones de precio, rechazos por calidad, mermas postcosecha o incrementos imprevistos en insumos. En la práctica, un productor que se mantiene de forma recurrente en ese rango se expone a una alta vulnerabilidad, su capacidad de reinversión se reduce y se limita la adopción de innovaciones que podrían mejorar su competitividad. En términos económicos, se trata de una operación que sobrevive, pero no se consolida.

La situación se vuelve más crítica cuando se compara ese rendimiento con el promedio nacional de 40 t/ha, porque entonces la brecha deja de ser solo agronómica y se convierte en un problema estructural de competitividad. Un productor que se mantiene de forma sistemática 10-15 t/ha por debajo del promedio enfrenta costos unitarios por kilogramo significativamente más altos, lo que reduce su capacidad de negociar precios, lo excluye de ciertos mercados de mayor exigencia y lo deja dependiente de intermediarios que capturan una proporción mayor del valor agregado. Además, la presión por reducir costos ante bajos rendimientos suele traducirse en menor inversión en manejo integrado de plagas, renovación varietal y capacitación de personal, lo que retroalimenta el círculo de bajos rendimientos.

En sistemas tecnificados de macrotúnel y fertirrigación, el umbral económico se desplaza. Aquí los costos de producción pueden situarse entre 450,000 y 650,000 MXN/ha, considerando estructuras, cintilla, sistemas de filtrado, mayor densidad de planta y manejo más intensivo. Con precios promedio en campo de 28-35 MXN/kg para fruta de exportación o mercado nacional premium, el punto de equilibrio se ubica alrededor de 18-22 t/ha, pero la rentabilidad objetivo para justificar la inversión requiere al menos 45-50 t/ha. Un rendimiento de 35-40 t/ha en este tipo de sistema, aunque supere el promedio nacional, implica un desempeño subóptimo frente al potencial tecnológico, con márgenes que apenas compensan la inmovilización de capital y el riesgo operativo.

Rendimientos por encima del promedio y captura de valor

Cuando el rendimiento se sitúa por encima del promedio nacional, el impacto económico no es lineal, sino exponencial, porque el costo fijo por hectárea se diluye en un mayor volumen de producción. En un sistema de macrotúnel con costos totales de 550,000 MXN/ha, pasar de 40 a 60 t/ha puede reducir el costo unitario de producción de alrededor de 13.8 a 9.2 MXN/kg, lo que incrementa de forma notable el margen bruto, aun con precios de venta constantes. Esa diferencia permite absorber variaciones de precio, invertir en certificaciones, mejorar la logística de frío y acceder a programas de financiamiento con mejores condiciones.

Sin embargo, el alto rendimiento solo se traduce en ventaja económica sostenida cuando se acompaña de calidad comercial, continuidad de cosecha y alineación con ventanas de alta demanda. Un productor que alcanza 70-80 t/ha pero concentra su pico de producción en semanas de sobreoferta puede ver erosionado su ingreso por una caída abrupta del precio, mientras que otro con 55-60 t/ha, pero con una curva de cosecha bien distribuida y contratos de suministro, puede obtener una rentabilidad superior. El rendimiento, entonces, debe entenderse como un componente de una estrategia integral de gestión del riesgo de mercado.

En sistemas altamente tecnificados en sustrato, donde los costos pueden superar 800,000 MXN/ha, los rendimientos de 90-100 t/ha son el punto donde la ecuación económica comienza a ser realmente favorable, especialmente cuando se orienta la producción a nichos de alto valor, como mercados orgánicos o de proximidad con precios superiores a 40 MXN/kg. En estos casos, el rendimiento por encima del promedio nacional no solo mejora la rentabilidad, sino que permite amortizar más rápido la inversión en infraestructura, renovar variedades con mayor frecuencia y sostener programas avanzados de mejoramiento de calidad postcosecha.

Rendimiento, riesgo y decisiones de inversión

El rendimiento esperado también funciona como una brújula para la toma de decisiones de inversión. Antes de instalar macrotúneles, migrar a sistemas de sustrato o incrementar densidades de plantación, el productor debe proyectar no solo el rendimiento potencial teórico, sino el rendimiento realista que puede alcanzar con su nivel de gestión, acceso a asesoría técnica y capacidad de organización de la mano de obra. Una brecha sistemática entre el rendimiento esperado en los modelos de negocio y el rendimiento efectivo en campo es una de las principales causas de sobreendeudamiento en unidades productivas de fresa.

Operar por debajo del promedio nacional en un entorno de creciente tecnificación implica, además, un riesgo de obsolescencia competitiva. A medida que más productores alcanzan y superan las 50 t/ha con paquetes tecnológicos consolidados, los estándares de calidad se elevan, los compradores se vuelven más exigentes y los mercados castigan con más fuerza la fruta de calibres irregulares, firmeza deficiente o alta incidencia de daños por Botrytis. El rendimiento bajo suele correlacionarse con estos problemas de calidad, lo que refuerza la desventaja económica.

Por el contrario, los productores que logran estabilizar rendimientos por encima del promedio nacional, con variaciones interanuales acotadas, se encuentran en mejor posición para negociar contratos, acceder a esquemas de agricultura por contrato y participar en programas de integración vertical con empacadoras y comercializadoras. En este nivel, el rendimiento deja de ser solo un indicador técnico y se convierte en un argumento de poder de negociación dentro de la cadena de valor.

En última instancia, el rendimiento esperado en fresa en México funciona como un lenguaje común entre técnicos, productores, financiadores y compradores, pero su interpretación económica exige situarlo en el contexto del sistema productivo específico. Estar por debajo o por encima del promedio nacional no tiene el mismo significado en un sistema de suelo abierto que en uno de macrotúnel o sustrato, y las implicaciones económicas dependen tanto de la cifra en t/ha como de la capacidad del productor para transformar ese volumen en valor económico sostenible.

Riesgos económicos

Los riesgos económicos en el cultivo de fresa en México se concentran en un punto crítico: la alta inversión inicial frente a una volatilidad estructural en precios, clima y regulaciones. Un sistema productivo intensivo, con costos de establecimiento que en zonas de alta tecnología superan los 1,200,000 MXN/ha en el primer ciclo, queda expuesto a factores que el productor controla solo parcialmente, por lo que el margen de error es mínimo y la vulnerabilidad financiera, elevada.

La estructura de costos de la fresa explica buena parte de esta fragilidad. La combinación de planta importada, sistemas de riego presurizado, acolchado plástico, fertirrigación y mano de obra intensiva concentra los egresos en los primeros 4 a 5 meses, mientras que los ingresos se materializan de forma escalonada y dependiente del mercado fresco. Cualquier alteración en rendimiento, precio o ventana de cosecha altera de forma desproporcionada la rentabilidad, de modo que un desajuste relativamente pequeño en alguno de estos parámetros puede transformar un proyecto rentable en una pérdida significativa de capital.

Volatilidad de precios y dependencia del mercado externo

El primer gran riesgo económico es la volatilidad de los precios de exportación, especialmente hacia Estados Unidos, que absorbe más del 80 % de las exportaciones mexicanas de fresa fresca. La concentración de destino implica que el productor queda expuesto a variaciones en la demanda, cambios en el tipo de cambio y ajustes en la oferta de competidores como California o Florida, que pueden desplazar la curva de precios en cuestión de semanas.

Cuando la producción mexicana se solapa con picos productivos en Estados Unidos, los precios en campo pueden caer por debajo de los 18-20 MXN/kg, umbral donde muchos esquemas intensivos apenas cubren costos directos. Esta vulnerabilidad se acentúa en sistemas con contratos poco claros o ventas a consignación, donde el productor asume el riesgo de mercado sin instrumentos de cobertura, dependiendo casi por completo del comportamiento diario de los precios en centrales de abasto y cadenas minoristas.

A esta volatilidad se suma la asimetría de información. El productor rara vez tiene acceso en tiempo real a datos consolidados de oferta y demanda, por lo que las decisiones de prolongar o acortar el ciclo, adelantar podas o modificar densidades de cosecha se toman con información incompleta. El riesgo económico no proviene solo del precio bajo, sino de la imposibilidad de anticipar con precisión su trayectoria, lo que dificulta diseñar estrategias de manejo que amortigüen los impactos.

Clima extremo y eventos sanitarios de alto impacto

El segundo gran eje de riesgo está en la creciente frecuencia de eventos climáticos extremos, que afectan tanto el rendimiento como la calidad comercial. Heladas tempranas, ondas de calor, lluvias fuera de temporada y radiación excesiva alteran la fisiología de la planta, reducen el calibre, incrementan deformaciones y disparan la incidencia de enfermedades como Botrytis cinerea o Colletotrichum acutatum, que degradan la calidad exportable y empujan más fruta al mercado nacional a precios menores.

Las pérdidas económicas asociadas a un solo evento de helada pueden superar el 30 % del rendimiento esperado, pero el efecto más severo suele estar en la calidad, ya que la fresa es extremadamente sensible a daños en epidermis, microfisuras y quemaduras de sol, lo que reduce la vida de anaquel y obliga a descuentos en el precio de compra. La inversión en infraestructura de protección, como túneles altos, mallas sombra o sistemas antiheladas por aspersión, mitiga el riesgo, pero eleva aún más el costo fijo por hectárea, de modo que el productor queda atrapado entre el riesgo de no invertir en protección y el riesgo financiero de sobredimensionarla.

A la par del clima, los riesgos fitosanitarios se han vuelto más complejos. La presión de plagas como Trips, araña roja y mosca blanca, así como la reemergencia de patógenos de suelo como Phytophthora spp. y Fusarium spp., obliga a esquemas de control intensivos y costosos. El problema económico surge cuando se combinan tres factores: resistencia a ingredientes activos, restricciones regulatorias a moléculas clave y exigencias de inocuidad de los compradores, que limitan el uso de ciertos productos. Cada ciclo con fallas de control puede significar no solo menores rendimientos, sino rechazo de lotes por residuos, con pérdidas totales de valor comercial.

Regulaciones, certificaciones e inocuidad alimentaria

Otro riesgo económico determinante proviene del entorno regulatorio y de inocuidad alimentaria, que se ha vuelto más estricto en los últimos años. La fresa, por su consumo en fresco y su contacto directo con el suelo y el agua, es un cultivo de alto escrutinio en auditorías de cadenas estadounidenses y europeas. Cualquier incumplimiento en Límites Máximos de Residuos (LMR), trazabilidad o buenas prácticas agrícolas puede derivar en rechazos de embarques completos, suspensión temporal de proveedores o pérdida de contratos.

La inversión en certificaciones como GlobalG.A.P., PrimusGFS o esquemas privados de supermercados implica costos anuales en infraestructura, capacitación, muestreo y auditorías, que se convierten en un componente fijo del costo de producción. El riesgo surge cuando el mercado no remunera de forma diferencial estas inversiones o cuando un incidente de inocuidad, incluso aislado, provoca un bloqueo comercial que afecta a productores cumplidos y no cumplidos por igual. En un escenario de alta dependencia de pocos compradores, una sola alerta sanitaria puede traducirse en sobreoferta súbita en el mercado nacional y derrumbe de precios.

Además, los cambios regulatorios en países destino, como ajustes en los LMR o nuevas restricciones a moléculas usadas en postcosecha, se implementan con calendarios que no siempre coinciden con la planificación del ciclo productivo. El productor puede enfrentar la situación de tener un paquete tecnológico optimizado para un marco regulatorio que cambia a mitad de temporada, obligando a reformular programas de manejo con costos adicionales y riesgos de menor eficacia.

Costos de insumos, mano de obra y tipo de cambio

El cultivo de fresa es intensivo en mano de obra y en insumos importados, lo que amplifica el impacto de variaciones en salarios, precios de fertilizantes y tipo de cambio. En zonas como Michoacán y Baja California, la mano de obra puede representar entre 35 y 45 % del costo total, especialmente en esquemas de cosecha continua y manejo detallado de planta. Incrementos en salarios mínimos, regulaciones laborales más estrictas o escasez de jornaleros elevan los costos por caja cosechada, erosionando márgenes en ciclos donde el precio no acompaña esa subida.

La dependencia de planta importada de viveros de Estados Unidos, España o Marruecos expone al productor a fluctuaciones cambiarias, retrasos logísticos y restricciones fitosanitarias de último momento. Un incremento repentino en el tipo de cambio puede encarecer de forma significativa el costo de establecimiento, mientras que demoras en la llegada de planta afectan el calendario de plantación, desplazando la ventana de cosecha hacia periodos de menor precio. El riesgo financiero se amplifica cuando el productor ha comprometido créditos de corto plazo bajo supuestos de rendimiento y fechas de corte que ya no se cumplen.

Algo similar ocurre con fertilizantes, plásticos, sustratos y equipos de riego, muchos de ellos vinculados a precios internacionales de energía y materias primas. El productor de fresa opera con márgenes que, en años promedio, pueden situarse en 15-25 % sobre costo total, por lo que un aumento simultáneo en varios insumos clave, sin capacidad de trasladar ese incremento al precio de venta, reduce de forma drástica la rentabilidad esperada.

Concentración de poder de compra y riesgo contractual

La estructura comercial de la fresa mexicana presenta un rasgo crítico: la concentración del poder de compra en pocas comercializadoras y cadenas minoristas. El productor, especialmente el mediano, suele depender de 1 o 2 compradores principales, con contratos donde el precio final se define en función de condiciones de mercado que controla el comprador, no el productor. Esta asimetría contractual genera un riesgo económico silencioso pero profundo.

En escenarios de sobreoferta, el comprador puede aplicar descuentos por calidad, mermas, logística o supuestos incumplimientos, reduciendo el precio efectivo pagado por kilo. El productor, sin alternativas comerciales inmediatas ni capacidad de almacenamiento prolongado, se ve obligado a aceptar condiciones menos favorables para evitar la pérdida total de la fruta. La fresa, con su vida de anaquel limitada, no permite estrategias de espera, lo que refuerza el poder de negociación del comprador.

Cuando el productor se integra a esquemas de agricultura por contrato, el riesgo se desplaza parcialmente hacia el cumplimiento de especificaciones estrictas de calibre, firmeza, color y residuos. Un desajuste en el manejo agronómico, un episodio climático o un problema puntual de inocuidad pueden provocar que parte significativa de la cosecha no cumpla el estándar, obligando a canalizarla a mercados secundarios a precios mucho menores, justo cuando los costos ya están comprometidos.

La combinación de alta inversión, dependencia de pocos mercados, sensibilidad climática, presión regulatoria y concentración comercial configura un entorno donde el productor de fresa opera al filo de múltiples variables externas, cualquier alteración abrupta en una de ellas puede erosionar años de capital acumulado y comprometer la continuidad del proyecto productivo.

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